domingo, 28 de febrero de 2010

'Ébano'

Ya tenía ganas de escribir este post…

Por fin he acabado el libro de ‘Ébano’, de Ryszard Kapuscinski. No penséis que lo digo aliviada, como si me hubiera quitado un peso de encima. Más bien al contrario: he disfrutado mucho leyéndolo. Digo “por fin” porque, debido a mis escasos momentos de ocio y gracias a la estructura del libro, su lectura se ha dilatado más de lo que me hubiera gustado.

La verdad es que sólo conocía a Kapuscinski porque es el nombre de mi promoción de Periodismo. Debería saber algo más sobre él (bueno, algo más allá de que es un periodista y que murió en 2007) dada mi licenciatura, pero no soy de ese tipo de chicas que son listas y recuerdan datos o nombres. Pero llegó a mis manos este libro, gracias a mi prima y a mi primo menos cuarto que me regalaron ‘Ébano’ como parte de un pedazo regalazo (perdón por los dos sufijos aumentativos, pero en este caso están más que justificados).

Comencé a leerlo con algo de miedo. El resumen de la contraportada no me daba muchas pistas de lo que me iba a encontrar dentro, más allá de los elogios al autor. Además, el gusto de mi primo menos cuarto por los temas históricos me hacía sospechar que iba a ser un libro difícil de leer para mí. Aún así, nunca desecho un libro sin haber leído antes al menos los primeros capítulos y puedo contar con los dedos de una mano aquellos que he abandonado sin terminar sus páginas.

Los primeros capítulos me sorprendieron mucho, porque apenas encontré mis temidos datos históricos. Más allá de algunos nombres de ciudades y mandatarios africanos, necesarios para el desarrollo de la narración, leí las impresiones de un blanco en tierra de negros, desbordado por la grandeza del continente. Su visión es la de un europeo que no se siente superior, por su pasado colonialista, sino más bien al contrario: debilitado por el calor, evidentemente pálido por el color de la piel, sin ansias de dominar sino de situarse a la misma altura para entender el por qué de cada gesto o de cada movimiento de los africanos.

Cuando llevaba algo menos de la mitad del libro, no podía quitarme una palabra de la cabeza: “transparente”. Leer cada párrafo, cada hoja, cada capítulo era ver con total nitidez todo aquello que describía, sin caer en exceso ni defecto de adjetivos y, sobre todo, con un lenguaje sencillo, sin perder por ello la precisión de los términos ni el dinamismo de la narración. Me dejó realmente fascinada la capacidad de Kapuscinski para mostrar una realidad totalmente ajena a la nuestra como algo totalmente cercano e, incluso, cotidiano. A la descripción objetiva del periodista se unía la necesidad del reportero de hacer llegar los rasgos de otra sociedad, conseguir explicar los hechos que hacen que una cultura sea de esa determinada manera, hasta el punto de comprender cómo algunos detalles que podríamos pasar por alto, determinan el día a día de un colectivo. En esta misma línea, me impresionó saber cómo el calor sofocante de África marca soberanamente las actividades cotidianas de la gente, las estructuras de las casas, los emplazamientos de los poblados,… Impacta muchísimo llegar a comprender cómo la sombra y las corrientes de aire pueden llegar a convertirse en un bien preciado, precisamente por su escasez.

Conforme iba avanzando en la lectura, empecé a ver el libro como una metáfora del propio continente del que habla. Es el ejemplo perfecto de lo que significa la palabra “mosaico”. Cada capítulo mostraba una historia y un aspecto diferente de África, a la vez que constituía una pieza imprescindible para entender los hechos anteriores y, con probabilidad, los venideros. Igual que en un mosaico, cada tesela es importante de por sí, ya sea por su forma o por su color, pero cobra su sentido pleno cuando está integrada con el resto de las piezas y, sobre todo, cuando se observa con un poco de perspectiva.

Todo lo dicho en los párrafos anteriores, aparece resumido en un par de extractos que encontré en las últimas páginas del libro:

Estando en África, el europeo no ve más que una parte de ella: por lo general, ve tan sólo su capa exterior, que a menudo no es la más interesante, ni tampoco reviste mayor importancia. Su mirada se desliza por la superficie, sin penetrar en el interior, como si no se creyese que detrás de cada cosa, pudiera esconderse un misterio, misterio que, a un tiempo, se hallara encerrado en ella. Pero la cultura europea no nos ha preparado para semejantes viajes hacia el interior, hacia las fuentes de otros mundos y de otras culturas.”

África significa miles de situaciones. De lo más diversas, distintas, contradictorias, opuestas. Alguien dirá: ‘Allí hay guerra’. Y tendrá razón. Otro dirá: ‘Allí hay paz’, y también tendrá razón. Todo depende de dónde y cuándo”.

Tenía ganas de escribir este post para invitaros a leer este libro que ido disfrutando a sorbos pequeños.

P.D: Por cierto, he tenido que buscar en Google cómo se escribía Kapuscinski. No soy tan inteligente como para saberlo de memoria…

sábado, 20 de febrero de 2010

Tarde de compras creativas

Ayer necesitaba escapar, airearme un poco, fugarme de mi día a día. Y así lo hice. Aprovechando que tenía que hacer un par de recados por el centro, me perdí en uno de mis pequeños mundos favoritos.

Nada más llegar a la Plaza de Pontejos, entré en una de esas tiendas donde podría pasarme toda la tarde entera (ya casi lo hago en esta ocasión). Entré en Almacenes Cobián por la planta de abajo, la sección de manualidades. No me detuve mucho tiempo allí, pues tenía claro cuál era mi objetivo esa tarde. Pero no pude evitar dar un rápido repaso con la mirada por las estanterías donde encontré todos esos materiales que salían en los libros y programas de manualidades que me encantaban de pequeña y cuyo interés he vuelto a recuperar últimamente.

Subí las escaleras, mirando de reojo a la zona de telas que está un poco más abajo, y entré en la planta que más me gusta de esa tienda. Los viernes por la tarde y los sábados por la mañana está a rebosar de señoras costureras, madres habilidosas y chicas creativas que buscan ese cordel de cuero con un grosor concreto, esas cuentas de madera para dar un toque diferente a ese bolso, o aquella cinta de raso que combina perfectamente con ese vestido que está en casa por arreglar. Toda esa gente mira, toca, busca un hueco en el mostrador, pregunta, compara colores,… Para mí, no representan un estorbo, sino la esencia de esa tienda.

Tras un vistazo general por la sección de abalorios, cojo número para que me atiendan. Lo miro, levanto la vista hacia la pantalla luminosa, vuelvo a mirar el papel que sostengo entre las manos y me vuelvo a fijar en el número que parpadea en la pared. Por un momento, pienso que puede ser un error. Pero rápidamente deshecho esa idea al ver toda la gente que se agolpa alrededor de la sección de cuentas. Tengo el número 64 y todavía van por el 22. Lo bueno es que me sobra tiempo para darme una vuelta tranquilamente por toda la tienda hasta que se acerque mi número.

Primero me voy haciendo un hueco en el mostrador de abalorios y busco lo que necesito. Cada una de las piezas que hay bajo el cristal me sugieren mil proyectos, cientos de ideas, una veintena de broches y decenas de collares o pulseras que podría hacer. Me encanta esa explosión creativa que bulle en mi cabeza cada vez que voy a cualquier tienda de abalorios o mercería. El límite, claro está, es el dinero: aunque cada cuenta o fornitura cuesta escasamente unos céntimos, cuando empiezas a sumar céntimos más céntimos, acabas gastándote más de lo que esperabas. Por eso, ahora siempre voy con una lista de las cosas que realmente me hacen falta y otra de las que no son imprescindibles pero con las que podría completar algún que otro proyecto que tengo en mente.

Como aún tengo varios números por delante de mí, decido pasarme a la tienda de al lado. La primera vez que entré en el Almacén de Pontejos, lo hice casi de casualidad. Pero allí encontré unos botones que necesitaba y, desde entonces, siempre me doy un garbeo en busca de materiales y de inspiración. El problema es que esta mercería consiste en un largo y estrecho pasillo, con mostradores a ambos lados, llenos de gente curioseando entre botones y abalorios, por lo que a veces es difícil poder encontrar lo que estás buscando. Sin embargo, siempre he encontrado lo que andaba buscando. De hecho, en esta ocasión, encontré justo los cierres que necesitaba y, además, algo más baratos. Pero no los compré en ese momento: pensé que era mejor volver a la otra tienda, ver si ya se acercaba mi número y, cuando terminase mis compras allí, volver a esta mercería para conseguir los últimos materiales.

Aún quedaban más diez personas por delante de mí, así que me di un rápido garbeo por la sección de tejidos donde vi y toqué los rollos de tul, con la mente puesta en varios broches y adornos de pelo que podría hacer con esa tela. También pasé por la zona de las cintas de raso que abandoné rápidamente porque cada muestrario que tomaba, me sugería una y otra tarde de costura para dar forma a todas esas ideas que iban naciendo en mi cabeza.

Decidí coger sitio en el expositor de abalorios y esperar mi turno. Así, quietecita en mi rinconcito, evitaría que me entrasen ganas de comprarme toda la tienda. Saqué de mi monedero una de las bolitas que voy a utilizar para hacer un collar (que llevo mucho tiempo dando forma mentalmente pero sin encontrar tiempo para materializarlo), con el fin de comprobar si el tamaño de los apliques que iba a comprar se corresponde con lo que necesito. Tras considerarlos varios minutos, decido preguntar más tarde en la tienda de al lado. Entre unas cosas y otras, cuando me toca el turno, sólo pido un colgante que no tenía apuntado en mi lista pero que me ha sugerido una idea genial. Al final, he picado, como siempre.

Con mi pequeño tesoro en el bolso, vuelvo a la otra mercería, pero ya voy a piñón fijo. Me atienden directamente (¡qué suerte!), pido los cierres, paso por caja para pagar, pregunto si tienen los apliques que necesito, voy a la sección de botones, espero un minuto escaso, me enseñan una gran variedad donde encuentro justo los del tamaño que necesito, vuelvo a pasar por caja para pagar y salgo de la tienda.

Tal vez puede parecer una tarde estresante de esperar, ir, venir, mirar, decidir, comparar, tocar, comprar,… Para mí, es como ir al Museo Reína Sofía antes de pintar una versión del Guernica. Significa llenar mi cabeza de diseños, bocetos y proyectos para que no dejen lugar a los problemas. Supone una tarde tranquila de compras en la que no se gasta dinero, sino que se invierte en creatividad.

jueves, 11 de febrero de 2010

P

Esta semana podría quedar resumida con una sola letra (sí, le he copiado la idea a la parada).

El lunes ya apuntaba maneras: con la Panasonic y el Portátil en el maletero del coche, y una tarjeta P2 en mi bolso, a buen recaudo. Me resultó difícil desprenderme de ella para devolvérsela al hombre que nos la había prestado (GRATIS) todo el fin de semana. Sobre todo porque con ella había aprendido mucho en los pocos días que pasamos juntas. Comprendí que una ranura PC Card (tipo II) no es lo mismo que una ranura PMCIA (o lo que es lo mismo: si la tarjeta no entra hasta el fondo, es que esa entrada no vale). También descubrí que mi portátil Prehistórico aún podía servirme para algo, a pesar de sus escasos 2 gigas de disco duro (ésta es una de las ventajas de tener “complejo de urraca” y no tirar nada de las cosas inútiles almacenadas en el armario y en los cajones de mi habitación).

Por la tarde, me sentí totalmente Perdida en la clase de bailes de salón (aunque creo que no fui la única). Dado que nos hemos incorporado un mes más tarde que el resto, es bastante difícil coger a la primera los Pasos del tango. Si, además, le añadimos que la media de edad de nuestra clase ronda los 50 años (tirando por lo bajo) y que bailan medianamente bien, evitar no perderse ya se convierte en una cuestión de orgullo. Especialmente, cuando la señora Herminia, con sus setenta y pico años, sus mallas negras ajustadas y sus zapatos de tacón cubano, mueve las piernas y las caderas mejor que muchas gogós de discoteca. Es realmente desesperante que tu cerebro mande la orden de que el Pie derecho se mueva hacia un lado, tal y como hace el profesor, y tu extremidad avance hacia donde le venga en gana.

El martes, empezó amenizado por los Pasodobles que canturreaba la que no sabe nada mientras trabajábamos. Poco antes de irme a casa, un mensaje privado en el Tuenti: una amiga me proponía quedar por Sol esa misma tarde para hacer un par de gestiones. Después de comprar fieltro para un par de broches que tengo en mente y de babear delante de una tienda de chucherías, nos acercamos a la Asociación de Amigos del Camino de Santiago para pedir información con la esperanza de convertirnos en Peregrinas de aquí a unos meses. Con el formulario de la credencial rellenado y mirando el calendario para ajustar nuestras vacaciones, no podíamos acabar la tarde sin tomarnos una Palmera. De chocolate, por supuesto.

A las 22.15 horas, me esperaba la sexta temporada de Perdidos. Para mí suponía muchos cambios: verla en la televisión (acostumbrada a hacerlo a través de Internet) y sin poder comentarlo con mi hermana, con quien me he tragado las últimas tres temporadas. Mi opinión de los dos primeros capítulos sigue siendo la misma que tenía al ver los últimos dos de la quinta temporada: si consiguen desenmarañar la madeja de manera coherente, les quedará una verdadera serie de culto; si no, todo acabará siendo un sueño de Resines. Aún así, ya estoy esperando que llegue el martes que viene.

El miércoles transcurrió ajetreado, entre pastillas de Plastilina, Pegamento, Papeles y Pinturas de colores (tranquilos: no estoy repitiendo el último curso de Parvulitos). Por la tarde, más Pasos de baile, pero esta vez la salsa y el cha-cha-chá se nos dieron mejor. Gran parte de este éxito se debió a que no bailamos en parejas por falta de hombres y a que el profesor no nos enseñó muchos giros (no controlo mi cuerpo cuando supero los 180º grados de rotación).

Esta tarde, mientras toqueteo un Programa informático (de cuyo nombre no quiero acordarme porque me estropea el hilo argumental del post), redacto estas líneas. Al mismo tiempo, me estoy descargando una Película de mi infancia que creía que no encontraría nunca. Mientras, recuerdo que esta noche toca Pescado para cenar. Parece que despegarme de esta letra va a ser más difícil de lo que pensaba…

Con un poco de suerte, el resto de la semana transcurrirá más allá de esta barrera del alfabeto. ¡Ah, no! Aún queda el P*** San Valentín (que cada uno sustituya los asteriscos por las letras que considere oportunas).

viernes, 5 de febrero de 2010

Maldito Periodismo...

Aunque tengo varias ideas para escribir bullendo en mi cabeza (que van desde mis primeros pasos en el arte de la danza hasta un exhaustivo análisis de un supuesto invento supuestamente revolucionario para cualquier mujer supuestamente moderna), me decantaré por unir aquello en lo que me licencié con aquello que mejor sé hacer. Lo primero es el Periodismo; lo segundo, la crítica feroz y dañina.

La mezcla de estos dos polos, no tan opuestos como deberían serlo, estaba en la mesa de la cocina cuando llegué a casa. Al principio, mientras me preparaba la comida, ni siquiera me di cuenta de que estaba allí. Más tarde, cuando terminé de fregar los cacharros y fui a echar mano del trapo de cocina, lo vi. Pensé que era alguno de los diarios gratuitos que coge mi hermana cuando va a la universidad en Metro. Pero no. En realidad era ese periódico que siempre acabo hojeando y comentando, aunque por razones muy distintas a las que podéis estar pensando. Me refiero a El Informativo de Moratalaz.

El periódico mensual gratuito de mi barrio (perdón, de mi distrito) es digno de una tesis doctoral. Como no sé por dónde cogerlo, empezaré por la maquetación, por ejemplo. ¿Qué pensaríais de un diario escrito en Comic Sans? Exactamente: no se puede porque es impensable. Gracias a San Times New Roman, El Informativo de Moratalaz ha evolucionado (ligeramente) con el tiempo y ya es topográficamente aceptable. No sé si hablar de que no cada página tiene un número y ancho distinto de columnas, sin guardar una proporción entre unas y otras. Tampoco sé si mencionar que el tamaño de letra de los textos cambia sin previo aviso de una noticia a otra. Llegados a este punto, prefiero dejar este tema, pues sé que más de una ya estará cortándose las venas con la pantonera. 

Desde el punto de vista de la redacción, no tengo palabras. Los párrafos de veinte líneas formados por una única oración son la marca de la casa. El marcado carácter subjetivo de las noticias (teóricamente objetivas por definición) se ve claramente en los halagos excesivamente empalagosos de muchos de sus textos. Y los titulares ya son punto y aparte: “Correos: algo más que enviar y recibir correspondencia”, “Lo que el béisbol se llevó”, “Todo sobre la diabetes”,… Vamos, que los publi-reportajes están mejor redactados que muchos de los otros géneros periodísticos del periódico.

Podría seguir así durante párrafos y párrafos, pero no soy tan mala. Siempre he defendido la importancia del periodismo local y creo que esta publicación aporta su granito de arena en este sentido. Además, cuenta con un gran apoyo por parte de los lectores, que envían una buena parte de los textos que se publican. Desde un abuelo que escribe en verso (apodado cariñosamente ‘el poeta de Moratalaz), hasta un buen número de colaboradores que apuesto que trabajan gratis.

Al final me he ablandado en mi feroz crítica. Será porque mis amigas del barrio (perdón, de la universidad, del trabajo y de la vida) comenzamos en el mundo del Periodismo en este humilde medio. Así que no voy a dar la mano que nos dio de comer. Espera, espera… No nos dio de comer. ¡Trabajábamos gratis! Maldito Periodismo…