Una tarde de viernes sin planes, con los últimos rayos del sol de la tarde lamiendo las paredes de mi habitación y un plato con restos de una tarta de chocolate en la mesa, parece el momento perfecto para volver a ponerme frente al teclado y retomar esa sana costumbre que no quiero perder: escribir.
Precisamente hace unos días, con motivo de la finalización de la ‘Operación Rachola’ (esto merece un post aparte), mi madre me invitó a volver a hacer limpieza de los papeles y cuadernos que he ido acumulando en dos estrechas baldas que hay en mi escritorio. La gran bolsa azul de Ikea llena de folios clasificados según un extraño criterio que sólo yo entiendo y una amenaza (“O los ordenas tú o lo tiro yo todo”) marcaron mi mañana de sábado de hace un par de semanas.
De nuevo me vi inmersa en mi pasado, más concretamente en mi etapa universitaria. Apuntes que, si no fuera porque estaban escritos de mi puño y letra, juraría que nunca he estudiado; libros fotocopiados y encuadernados que escasamente habré consultado; claves de reprografía cuyo precio, escrito en la portada, parecía reírse de mí por la poca o nula utilidad que di a aquellas fotocopias. A medida que iba sacando bloques de folios, ordenados según el nombre de la asignatura que escribía como título en la primera hoja el primer día de clase, los colocaba estratégicamente encima de la mesa y de mi cama, para guardarlos a continuación en fundas de plástico y no volverlos a mirar hasta la próxima amenaza materna.
Entre todos aquellos vestigios de mi paso por la UC3M, me sorprendió encontrar varios folios y hojas sueltas de algunos cuadernos, escritos a mano, con algunos relatos cortos, el principio de un proyecto que se quedó precisamente en eso y un número indeterminado de páginas donde volqué, con más o menos sentido literario, los pensamientos y sentimientos de distintos días de un pasado no tan lejano como yo creía. Me sorprendió el número y la cercanía en el tiempo de aquellos documentos (de apenas siete años atrás). Más o menos desde que entré en la adolescencia, encontré en la escritura una vía de escape a todas esas palabras y emociones que rebotaban y chocaban entre sí en mi interior, deseosas de salir. Pasada esa etapa de búsqueda personal y efervescencia hormonal, había dado por supuesto que esa necesidad de escribir había quedado reducida a algún relato en tercera persona sobre acontecimientos vividos en primera línea. Pero, al encontrarme con aquellos escritos, variados en cuanto a preocupaciones, estilos y extensiones, me hicieron darme cuenta de que la palabra escrita sigue siendo mi mejor vía de comunicación, en todos los sentidos.
Es cierto que hay épocas en las que me hace falta escribir tanto como respirar: tengo algo dentro, bueno o malo, trivial o trascendental, que debo sacar fuera. En esos momentos, no preciso más que un bolígrafo y una hoja o un ordenador con un procesador de textos. También soy consciente de que hay otros períodos en los que, independientemente de la cantidad de experiencias que me haya tocado vivir, no siento la misma necesidad de volcar mi alma en un folio en blanco.
Este texto de Paulo Coelho, de ‘Maktub’, me impactó cuando lo leí porque completa y refuerza mis impresiones sobre este tema:
Dice el maestro:
Escribe. Ya sea una carta o un diario, o unas notas mientras hablas por teléfono, pero escribe. Escribir nos acerca a Dios y al prójimo. Si quieres entender mejor tu papel en el mundo, escribe. Procura plasmar tu alma por escrito, aunque nadie lo lea; o, lo que es peor, aunque alguien acabe leyendo lo que no querías. El simple hecho de escribir nos ayuda a organizar el pensamiento y a ver con claridad lo que nos rodea. Un papel y un bolígrafo hacen milagros, curan dolores, consolidan sueños, llevan y traen la esperanza perdida.
La palabra tiene poder.
La habitación ya se ha oscurecido por completo, tanto que tengo que encender el flexo, y el plato con los restos de la tarta siguen en mi mesa. Recuerdo una frase que nos dijo un profesor en la universidad: “La escritura es como un músculo: si dejas de ejercitarlo, se atrofia”. Y pienso que, a pesar de las obligaciones diarias y de las vueltas que dé la vida, no quiero que eso suceda.
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viernes, 15 de abril de 2011
Escribir
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lunes, 14 de diciembre de 2009
Agárrense los machos
Buenas noticias: superamos el día 11 (incluso antes de lo previsto).
Malas noticias: muchas de mis neuronas han muerto en acto de servicio. Descansen en paz.
La combinación de ambos hechos es bastante perjudicial para los cuatro gatos que me leen (fieles, sí, pero cuatro): más tiempo libre para escribir pero menos capacidad creativa a causa del desgaste mental de las últimas semanas. Además, prometí que, cuando sobrepasara la barrera del 11-D (la “D” es de “Dios-mío-qué-ganas-de-que-llegue-este-día”), iba a postear con más asiduidad. Esto no quiere decir que lo haga con más calidad... Yo aviso...
Malas noticias: muchas de mis neuronas han muerto en acto de servicio. Descansen en paz.
La combinación de ambos hechos es bastante perjudicial para los cuatro gatos que me leen (fieles, sí, pero cuatro): más tiempo libre para escribir pero menos capacidad creativa a causa del desgaste mental de las últimas semanas. Además, prometí que, cuando sobrepasara la barrera del 11-D (la “D” es de “Dios-mío-qué-ganas-de-que-llegue-este-día”), iba a postear con más asiduidad. Esto no quiere decir que lo haga con más calidad... Yo aviso...
Se acercan las Navidades y eso dará pie a muchos temas: los nostálgicos, los críticos, los infantiles, los tradicionales,… También podré hablar de mis aventuras y desventuras de estos días de fiesta: comidas familiares, películas clásicas (con sofá y manta incluidas, por supuesto), tareas pendientes (de esas de “qué pereza me da...”), tesis doctorales sobre los regalos navideños y otras actividades que irán surgiendo para aprovechar el tiempo libre o para matar los ratos vacíos, según se mire.
En definitiva: temática apasionante, candente actualidad y uso magistral de la lengua. Agárrense los machos. Vuelvo a la carga.
P.D: Para muestra, un botón: cómo hacer un post en el que no se dice absolutamente nada interesante.
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